Ahora que no estás, me toca adivinar
a la rosa y la hiedra gárgolas del jardín,
me va, hacerme cargo de mis cacharros
y de mis pesos muertos.
No siempre las plumas fueron tan frágiles
ni los pies tan pesados, recuerdo aún
algunas noches de calladas lunas
y de horizontadas nanas, en donde
derramada en tus brazos era
era río, mar y continente.
Ahora que no estás,
las tapias me parecen infranqueables
la soga se ha hecho corta y no hay palabras
que me hagan crecer alas.
Los charcos se me hacen mares
y me detengo, como buque hundido,
para mirarme
desde la bastedad de los vacíos.
