sábado, 10 de enero de 2009

Grises y Marrones II

El sacerdote era tan, pero tan extraño. Su mirada era penetrante y

profunda, cuando me miraba, yo jugaba a no permitirlo pues en cada una

de sus miradas chupaba parte de mi alma y mis colores. Algunas

veces le ganaba y muchas otras era vencida. Este fue un juego

permanente en su presencia, juego que perduro aún siendo yo una

adulta.

Era curioso ir a la misa del domingo, tan descolorida, tan fría. El

sermón era tedioso y aburrido salvo cuando el padre comenzaba a hablar

de lo inmundo y apestoso que era nuestro pueblo el día que el llegó y

de cómo él, había logrado cambiar nuestras gentes y nuestras calles.

¡Y valla que tenía razón!. Al día siguiente de su llegada, las mujeres

tallaban sus aceras hasta que aquel suelo naranja lo dejaron gris.

Los hombres, pidieron ropa limpia hasta quedó descolorida y en la

escuela se puso especial atención a su limpieza, dirigida por

supuesto en todo momento por el padre Benjamín. Con fuerza hay que

limpiarlo todo_ decía. Que no quede huella de su sucio pasado_ Todos

trabajamos durante más de una semana en la limpieza y cambió el

pueblo. Hubo lugares que por más que se limpiaron, no se obtuvo

modificación alguna, por lo que tuvieron que ser cerrados. Ese fue el

triste caso de un bar de mala muerte, en donde se decía proliferaban

prostitutas y espectáculos baratos los domingos. O el caso del

saloncito de belleza de Doña Rina, en donde de tantos coloretes usados

para teñir el pelo, no podían ser desmanchados. Pero el hecho más

triste fue cuando la plaza central no pudo ser limpiada. Por donde

quiera quedaban huellas del pasado. Los puestos de antojitos con la

grasa amarillenta derramada, los manchones de sangre de una trifulca

provocada hacia ya mucho tiempo, entre las familias dominantes de mi

pueblo, los Moncada y los Cortina. Las manitas de colores de los niños

de párvulo, cuando la maestra Matilde los llevo para que las dejaran

grabadas por un costado del Palacio Municipal, como muestra de su

paso. Los corazones colorados, grabados y pintados en muchos de los

árboles del jardín, en donde se entrelazaban los nombres y los besos

de los amantes. Las marcas verdes y enlamadas de los barriles que

contenían el tequila de las ferias.

Eran tantas las manchas y las huellas coloridas en la plaza que tuvo

que ser cerrada por falta de limpieza, decía el padre Benjamín.

Y así, todito quedo limpito, inmaculado, hasta los corazones y los

ánimos.

En estas reflexiones me encontraba ese día, cuando por poco no

escucho el grito de Cristina y eso fue también porque creo que hasta

nuestras voces carecían ya de matices; escuché lejanamente un

ROSAAARIIOOO!!, pero sin tono y melodía de esos sonidos que a falta de

escucharlos se van perdiendo en la nada y llegan a ser confundidos.

Como cuando Gustavo esa tarde tan lluviosa y profundamente nostálgica

me dijo queda, quedamente, tan quedo Te amo_ que me fue imposible

reconocer el tono y honestidad de sus palabras. Eso es terriblemente

triste, perderse de vivir, de ser, por no reconocer mas la tonalidad

de la palabra.

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