El sacerdote era tan, pero tan extraño. Su mirada era penetrante y
profunda, cuando me miraba, yo jugaba a no permitirlo pues en cada una
de sus miradas chupaba parte de mi alma y mis colores. Algunas
veces le ganaba y muchas otras era vencida. Este fue un juego
permanente en su presencia, juego que perduro aún siendo yo una
adulta.
Era curioso ir a la misa del domingo, tan descolorida, tan fría. El
sermón era tedioso y aburrido salvo cuando el padre comenzaba a hablar
de lo inmundo y apestoso que era nuestro pueblo el día que el llegó y
de cómo él, había logrado cambiar nuestras gentes y nuestras calles.
¡Y valla que tenía razón!. Al día siguiente de su llegada, las mujeres
tallaban sus aceras hasta que aquel suelo naranja lo dejaron gris.
Los hombres, pidieron ropa limpia hasta quedó descolorida y en la
escuela se puso especial atención a su limpieza, dirigida por
supuesto en todo momento por el padre Benjamín. Con fuerza hay que
limpiarlo todo_ decía. Que no quede huella de su sucio pasado_ Todos
trabajamos durante más de una semana en la limpieza y cambió el
pueblo. Hubo lugares que por más que se limpiaron, no se obtuvo
modificación alguna, por lo que tuvieron que ser cerrados. Ese fue el
triste caso de un bar de mala muerte, en donde se decía proliferaban
prostitutas y espectáculos baratos los domingos. O el caso del
saloncito de belleza de Doña Rina, en donde de tantos coloretes usados
para teñir el pelo, no podían ser desmanchados. Pero el hecho más
triste fue cuando la plaza central no pudo ser limpiada. Por donde
quiera quedaban huellas del pasado. Los puestos de antojitos con la
grasa amarillenta derramada, los manchones de sangre de una trifulca
provocada hacia ya mucho tiempo, entre las familias dominantes de mi
pueblo, los Moncada y los Cortina. Las manitas de colores de los niños
de párvulo, cuando la maestra Matilde los llevo para que las dejaran
grabadas por un costado del Palacio Municipal, como muestra de su
paso. Los corazones colorados, grabados y pintados en muchos de los
árboles del jardín, en donde se entrelazaban los nombres y los besos
de los amantes. Las marcas verdes y enlamadas de los barriles que
contenían el tequila de las ferias.
Eran tantas las manchas y las huellas coloridas en la plaza que tuvo
que ser cerrada por falta de limpieza, decía el padre Benjamín.
Y así, todito quedo limpito, inmaculado, hasta los corazones y los
ánimos.
En estas reflexiones me encontraba ese día, cuando por poco no
escucho el grito de Cristina y eso fue también porque creo que hasta
nuestras voces carecían ya de matices; escuché lejanamente un
ROSAAARIIOOO!!, pero sin tono y melodía de esos sonidos que a falta de
escucharlos se van perdiendo en la nada y llegan a ser confundidos.
Como cuando Gustavo esa tarde tan lluviosa y profundamente nostálgica
me dijo queda, quedamente, tan quedo Te amo_ que me fue imposible
reconocer el tono y honestidad de sus palabras. Eso es terriblemente
triste, perderse de vivir, de ser, por no reconocer mas la tonalidad
de la palabra.
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