sábado, 10 de enero de 2009

Grises y Marrones IV

Me encaminé hacia la casa de Rómulo San Juan. Este hombre contaba ya

con la edad de 40 años de opulencias más 40 de miserias. Dueño de las

mayores extensiones de tierra en toda la comarca, ganador en

intenciones buenas y malas como las que jamás se habían visto.

Historias iban y venían acerca de cómo había vivido y cómo había

gastado su fortuna. Se decía que lo perdió todo cuando se fue el

color, con el se habían ido sus deseos y sus pasiones. Era un hombre

dicotómico y extraño. Era capaz de construir una escuela, sólo por

ganas de escuchar las risas de los niños, o capaz de traer de la

capital a la mejor danzarina del momento, con tal de calmar sus ansias

locas de ver algún ombligo bien formado y unas caderas voluptuosas.

Ese era Rómulo San Juan, el que seguía sus impulsos y deseos, que

perseguía sus sueños o los abandonaba con la mano en la cintura y con

la intención conciente de buscar otros sueños aún más grandes.

Trabajaba de sol a sol, contemplando y calculando las futuras

ganancias, para Él, por principio, y para quienes él amaba en segundo.

Planeador de grandes negocios, como cuando le vendió a Juventino 30

vacas lecheras, de esas que por su calidad, en cualquier otro lugar le

hubieran costado el triple de su precio, pero calculando, siempre

calculando, que sería Juventino quien las alimentaría durante 4 largos

años para que lograran dar leche de tan buena calidad, que entonces

sería él, precisamente el, quien le compraría la leche al mejor precio

y sería el distribuidor de leche bronca más grande del estado,

evitando el costo de la engorda y la manutención de los entonces

becerros. Ese era Rómulo. Aguerrido, ladino y arrebatado.¿Bien, mal?

¿Cómo para quién?.

Para su familia fue bueno, con esas ganancias pudo enviar a

Guillermito a estudiar a la capital. Guillermo, nunca volvió al

pueblo. Se convirtió en un gran abogado, inteligente como ninguno de

su generación y que dedicaba su vida a ser abogado de defensoría, de

los que de manera gratuita se dedican a defender a los más miserables

entre los miserables, ¿bien o mal? ¿cómo para quién?.

Cuarenta años, trabajando tierras y ganado, con la lámpara de Aladino

al lado suyo. Su propia lámpara. Y cuarenta años sin ella. Solo

contemplando el infinito, sentado en aquella silla maltrecha de tanto

ser usada. Viendo correr el tiempo y lavando diariamente su camisa

gris y opaca. Esperando su cita con el tiempo de partir.

Mientras caminaba hacia su casa, un extraño color azul me iluminaba el

paso.

Ya casi de frente a Don Rómulo logré descubrir de dónde provenía ese

hermosísimo color azul cobalto. Me topé de lleno con un par de ojos

azules, tan profundos que lograron por un momento estremecerme, como

la última vez, hacía más de 30 años atrás. Me perdí nuevamente en mis

propios recuerdos y me vi y me escuché. Era tarde fresca y de lluvia

un tanto fría, de esas de septiembre, en donde el viento comienza a

helar el cuerpo y uno que otro corazón. Curiosamente el mío, aún

lograba mantener el calor con una llama propia, tan mía, que solo yo

era capaz de distinguirla. Gustavo, me había estado buscando toda la

tarde y yo había huido a sus presencia, sabia e intuía lo que el debía

decirme. El, el inmutable, el intransferible. El que sus pensamientos

más hondos eran solo suyos y al que sus sentimientos solo le

correspondían mas que a si mismo. Sabía yo que hoy quería

compartirlos conmigo.

No tuve escapatoria, así que lo recibí en nuestro pequeñísimo y

grosísimo jardín. Nos sentamos en una pequeña banquita, que mi padre

pintaba y pintaba de verde y entre más tiempo dedicaba a su retoque,

más se empeñaba la banca es ser gris y descolorida, como sí tuviese

conciencia, de que nuestro destino era permanecer incoloros y amorfos.

Lo primero y único que atinó a decir Gustavo fue: _ Solo he venido a

decirte que te amo. Y nuevamente le hizo falta a mis oídos el color.

El te amo, me sonó tan hueco y vacío, que de manera automática y

robótica, sintiéndome como perro pavloviano, contesté: _ No te creo.

Estoy segura que a sus incoloros oídos también le pinté (soné) hueca,

porque de otro modo hubiera comprendido, que mi frase iba cargada de

un “No te creo”, pero convénceme de ello o un “No te creo” lleno de

tristeza y de y de ganas por vivirlo. Pero no, su ceguera auditiva y

la mía nos impidió recorrer las posibilidades de haber “sido”.

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