Me encaminé hacia la casa de Rómulo San Juan. Este hombre contaba ya
con la edad de 40 años de opulencias más 40 de miserias. Dueño de las
mayores extensiones de tierra en toda la comarca, ganador en
intenciones buenas y malas como las que jamás se habían visto.
Historias iban y venían acerca de cómo había vivido y cómo había
gastado su fortuna. Se decía que lo perdió todo cuando se fue el
color, con el se habían ido sus deseos y sus pasiones. Era un hombre
dicotómico y extraño. Era capaz de construir una escuela, sólo por
ganas de escuchar las risas de los niños, o capaz de traer de la
capital a la mejor danzarina del momento, con tal de calmar sus ansias
locas de ver algún ombligo bien formado y unas caderas voluptuosas.
Ese era Rómulo San Juan, el que seguía sus impulsos y deseos, que
perseguía sus sueños o los abandonaba con la mano en la cintura y con
la intención conciente de buscar otros sueños aún más grandes.
Trabajaba de sol a sol, contemplando y calculando las futuras
ganancias, para Él, por principio, y para quienes él amaba en segundo.
Planeador de grandes negocios, como cuando le vendió a Juventino 30
vacas lecheras, de esas que por su calidad, en cualquier otro lugar le
hubieran costado el triple de su precio, pero calculando, siempre
calculando, que sería Juventino quien las alimentaría durante 4 largos
años para que lograran dar leche de tan buena calidad, que entonces
sería él, precisamente el, quien le compraría la leche al mejor precio
y sería el distribuidor de leche bronca más grande del estado,
evitando el costo de la engorda y la manutención de los entonces
becerros. Ese era Rómulo. Aguerrido, ladino y arrebatado.¿Bien, mal?
¿Cómo para quién?.
Para su familia fue bueno, con esas ganancias pudo enviar a
Guillermito a estudiar a la capital. Guillermo, nunca volvió al
pueblo. Se convirtió en un gran abogado, inteligente como ninguno de
su generación y que dedicaba su vida a ser abogado de defensoría, de
los que de manera gratuita se dedican a defender a los más miserables
entre los miserables, ¿bien o mal? ¿cómo para quién?.
Cuarenta años, trabajando tierras y ganado, con la lámpara de Aladino
al lado suyo. Su propia lámpara. Y cuarenta años sin ella. Solo
contemplando el infinito, sentado en aquella silla maltrecha de tanto
ser usada. Viendo correr el tiempo y lavando diariamente su camisa
gris y opaca. Esperando su cita con el tiempo de partir.
Mientras caminaba hacia su casa, un extraño color azul me iluminaba el
paso.
Ya casi de frente a Don Rómulo logré descubrir de dónde provenía ese
hermosísimo color azul cobalto. Me topé de lleno con un par de ojos
azules, tan profundos que lograron por un momento estremecerme, como
la última vez, hacía más de 30 años atrás. Me perdí nuevamente en mis
propios recuerdos y me vi y me escuché. Era tarde fresca y de lluvia
un tanto fría, de esas de septiembre, en donde el viento comienza a
helar el cuerpo y uno que otro corazón. Curiosamente el mío, aún
lograba mantener el calor con una llama propia, tan mía, que solo yo
era capaz de distinguirla. Gustavo, me había estado buscando toda la
tarde y yo había huido a sus presencia, sabia e intuía lo que el debía
decirme. El, el inmutable, el intransferible. El que sus pensamientos
más hondos eran solo suyos y al que sus sentimientos solo le
correspondían mas que a si mismo. Sabía yo que hoy quería
compartirlos conmigo.
No tuve escapatoria, así que lo recibí en nuestro pequeñísimo y
grosísimo jardín. Nos sentamos en una pequeña banquita, que mi padre
pintaba y pintaba de verde y entre más tiempo dedicaba a su retoque,
más se empeñaba la banca es ser gris y descolorida, como sí tuviese
conciencia, de que nuestro destino era permanecer incoloros y amorfos.
Lo primero y único que atinó a decir Gustavo fue: _ Solo he venido a
decirte que te amo. Y nuevamente le hizo falta a mis oídos el color.
El te amo, me sonó tan hueco y vacío, que de manera automática y
robótica, sintiéndome como perro pavloviano, contesté: _ No te creo.
Estoy segura que a sus incoloros oídos también le pinté (soné) hueca,
porque de otro modo hubiera comprendido, que mi frase iba cargada de
un “No te creo”, pero convénceme de ello o un “No te creo” lleno de
tristeza y de y de ganas por vivirlo. Pero no, su ceguera auditiva y
la mía nos impidió recorrer las posibilidades de haber “sido”.
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