Amanecía. Los primeros rayos de luz entraron por la ventana y yo
seguía sin dormir, esperando que mis pensamientos se ordenaran.
Escuché un ruido agradable y familiar…
eran las campanadas que llamaban a misa de siete. Los mismos grandes y
antiguos badajoz que durante más de cincuenta años repicaban a la misma
hora. Nada, ni nadie había cambiado en aquel pueblo; excepto
claro, por el Padre Aurelio. Era la única novedad de aquella masa de
conciencias y de cosas.
Parecía como si los pasados años hubiesen dado pinceladas, brochazos
de colores, con ligeras variaciones pero todos dentro de la misma
gama.
Las mujeres con su rostro gris, los hombres con tintes obscuros y los
niños (los poquísimos críos), ellos de faz color sepia.
Evoqué los paisajes de mi niñez. El Risco del Conde, con sus tonos de
tierra quemada, desde donde contemplaba casi diariamente y desde
arriba, aquel plasma descolorido y uniforme que era mi terruño.
Todo igual, siempre igual. Las conciencias y las casas, las actitudes
y los bares, las miradas y la iglesia.
No lograba encontrar acomodo a mis pensamientos._ ¿Qué era lo que había
ocurrido el día de ayer?_ De pronto al contemplar mi pasado, mi
presente y mi futuro (si es que lo había), desde “El Conde”, mis ojos se
toparon con un punto de color. ¿Quién lo había puesto ahí?_ justo en
la Iglesia. Ahora que esto, no podía ser coincidencia.
El color llegó junto con el padre Aurelio, ¿o sería, al contrario, que el
ahora ya fallecido padre Benjamín, quien se había llevado consigo
hasta su tumba, ésos sus grises?
Definitivamente algo estaba ocurriendo y hoy será el día para
descubrirlo.
Me levante con sumo cuidado de no hacer ruido. Me enredé en mi chal y
salí por la puerta trasera y mis pasitos diminutos que parecían
flotar sobre el piso…al igual que mis pensamientos.
La calle aún soñaba, salvo por un par de perros desvelados y roñosos
que deambulaban por la ahí. Subí pesadamente por la vereda que
conducía al risco. Ahí estaba mi piedra, la que fungiera de asiento
por mil veces. Me acomodé, me restregué los ojos para no perder
detalle de las posibilidades a las que se enfrentarían mis ventanas.
Enfoqué de golpe y sin quererlo la parroquia. Hoy, no había un puntico
diminuto de color, sino varios. Rojos, azules y uno que otro verde. Me
restregué los ojos pensando que era alguna especie de visión, de esas
que uno suele tener cuando se atrofia el cerebro de tanto soñar, de
tanto desear. Lentamente descubrí mis ojos para repetir el escenario.
No lo imaginé, ahí estaban de nuevo. Azul, rojos, verdes, rodeando
algunas calles de la Iglesia.
Dejé de ver, sólo porque nuevamente, me encontré con mi obsesión
permanente de evocar. Desde niña ese afán de rememorar y traer a mi
memoria los recuerdos. Jalando despacito el hilo que bien reconocía. Sabía cuál punta, de cuál
hebra desenredaría, qué madeja. Era mi mayor entretención en las horas de ocio
y en las no tan ociosas. Repasaba una y otra vez los instantes idos,
como si con ello pudiera volver a vivir y encontrar explicaciones a
cada uno de mis actos y de los actos colectivos de este lugar.
Mi afán había llegado ya a una situación casi enfermiza. Como cuando
por poco y mi hermana Cristina se ahoga en aquella noria abierta a la
que cayó, por la falta de color. Sí, fue por eso. Si ella hubiera
podido distinguir ese tono oscuro de su agua, jamás hubiera pensado
que se trataba de una fuente, sino de una noria. Ella soñaba
constantemente con volver a mojar sus manos y sus pies en la fuente de
a plaza o en cualquier fuente, con tal de sentir nuevamente la
humedad y llenar sus ojos de azules. Y mientras tanto, yo
desenredando hebras.
Ese día me encontraba yo metida en mis pensamientos. Trayendo a mi
memoria una y otra vez, el día que el padre Benjamín llegó al pueblo.
Lo primero que observé fue su sotana gris, que se suponía debía de
ser blanca. Yo contaba con apenas 5 o 6 años. Mi mente infantil
atribuyó el color de sus ropajes a las lavadas constantes a las que
había sido sometida. Además, pensaba yo, que quien se encargaba de el
cuidado de su ropa seguramente no conocía como mi madre, el caramo
para blanquear. Y su túnica tendría seguramente algo contagioso, porque desde
ese día el pueblo se pintó de grises y marrones.
jueves, 8 de enero de 2009
Grises y Marrones (Parte I)
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario