Abrí los ojos muy temprano, era domingo. Sentía una sensación de
plenitud en el estómago un tanto extraña. Como si hubiera comido todo
un banquete. Instantáneamente recordé lo que había soñado.
La paletería, que por falta de antojos tuvo que ser cerrada. Era
todo ahí tan soso y tan insípido que las ventas bajaron a cero. Pues
me encontraba yo ahí probando una y otra de las nieves, las paletas de
todos los sabores. Además de tener esa sensación de plenitud en el
estómago, sentía la misma sensación de totalidad, pero en mi cerebro,
en esa pequeñísima área que aseguran existe, la de los recuerdos. Era
como sí además de haberme zampado todas las paletas de todos los
sabores, junto con ellas me hubiera comido infinidad de momentos
vividos. Recuerdo que en mi sueño comía una paleta de zapote y
mientras la degustaba iban llegando a mi memoria imágenes de mi
abuela, martajando zapote para hacer el tan preciado pure de zapote
con naranja. Sus viejas y arrugadas manos exprimiendo las naranjas.
Cuando comí un nieve de fresa, recordé una vez que escondidos tras un
árbol de nuestro parque, espiábamos a un par de enamorados y en esto
estábamos cuando la boca de coloradita se acercó tanto a los labios
de el, que permanecimos ahí por espacio de unos 5 minutos, mientras
terminaban de compartir ese momento. Yo imaginaba, que ese beso debía
saber a fresas recién cortadas, jugosas, dulces y suaves. Probaba
todos, absolutamente todos los sabores y a cada uno correspondía un
recuerdo. Nunca lo había pensado, los colores, no solo saben, se ven,
se huelen y sobre todo se sienten.
Era tardísimo, la misa de doce seguramente ya había comenzado. Me
vestí rápidamente y salí rumbo a la Iglesia. A lo largo de mi
trayecto, mi sorpresa crecía. Por donde volteara veía color. No
completamente coloreado, pero con infinidad de puntos de luz y vida.
Por aquí una mujer con mandil a cuadros verdes, por allá un hombre de
camisa amarilla, niños con gorritas de diversos colores. Y otros
muchos, pálidos y lechosos, como era la costumbre.
Llegué justo cuando el padre Anselmo daba la bendición al pueblo
entero que se había congregado en la misa de domingo. Las dominicales,
era el evento más importante de la semana (bueno, el único). Me había
perdido de mi baño de pureza y castidad semanal. Pero bien valía la
pena, todo por descubrir de dónde venía esta paleta de colores.
Decidí espiar al padre Anselmo, yo sabía que esto me valdría en mi
próxima confesión algo así como unos 13 Aves Marías y unos cuantos
Padres Nuestro. Ni hablar.
A hurtadillas, crucé la puerta de la sacristía y me colé hasta un
pequeño cuartito, que debía fungir como oficina-biblioteca. Segura
estaba, que ahí encontraría al menos una pista de todo lo ocurrido. El
lugar, era tan quieto, pero tan quieto que parecía un sepulcro y tan
frío como debían ser nuestras últimas moradas. Cerros de libros
empolvados ocupaban los libreros, mas allá un escritorio roído y
desvencijado con un enorme sillón gris detrás de el. Cuadros viejos y
muertos carentes de color. Escuché la manija de la puerta que crujía
gritándome que alguien estaba por entrar. De un salto, atiné a meterme
bajo una mesa cubierta por un largísimo mantel. Estaba temblando.
Levanté lentamente una partecita de la tela que me cubría para lograr
ver algo. El cura Anselmo, me daba la espalda, pero segura estaba que
era el, por sus pelos crespos y parados. Se encontraba abriendo con
una llave una gaveta del librero. Aún expensas de ser descubierta, me
negué a dejar de observar. Noté, que cargaba algo entre sus manos que
debía de ser grande y pesado, porque necesitaba de ambas para moverlo.
Era algo cubierto con una finísima carpeta de crochet grisáceo. La
colocó sobre el escritorio y de un jalón le arrancó la carpetita.
El arcó iris se destapó ante mis ojos. Tuve que abrirlos y cerrarlos
un par de veces pues temía que se tratara de una alucinación. Un
gigantesca jarra de cristal que contenía todos los colores. Los más
hermosos que mis ojos recordaran de mucho tiempo. Predominaban los
azules y verdes, pasando por toda la gama de colores existentes y aún
otros que siquiera creo haber visto jamás.
Extasiada estaba cuando me regresó a la realidad el hecho que el cura
aproximó un vaso hasta el escritorio. Mi sorpresa fue mayúscula cuando
comenzó a servirse el increíble líquido. ¿Qué cosa pretendía hacer con
el? ¿No iría a bebérselo? ¿o sí?.
En cada sorbo, yo veía de manera mágica, casi prodigiosa como se iba
tragando mis recuerdos. Logré ver a “Rita”, mi rana adorada que murió
cuando se le fue su preciado color verde. Se puso tan flaca y pálida
que tan solo dos días y quedó con las patas tiesas cuando la encontré
antes de ir al colegio. Fue tanto mi sufrimiento que por poco y
amanezco tiesa yo también. También vi el vestido rosa de mi madre,
aquél que guardó con tanto afán durante años, porque decía, contenía
los ojos de mi padre; cuando por primera vez se vieron en el camino
viejo y mi padre se la comió con los ojos. Destacaba entre el grupo de
muchachas con ese vestido tan ceñido y colorido. En los siguientes
tragos aparecían infinidad de objetos llenos de tonos, unos, con
sentido para mí otros sin el. Logré observar de refilón, la boca de
fresa, la de la muchacha de la plaza, la que a besos de sabores
mantenía la intimidad con su novio. Contemplé los sueños perdidos de
Don Rómulo, llenos de dorados y oropeles y de azules acerados. En el
siguiente sorbo se filtró los sueños rojos y encendidos que había
perdido Remedios, había perfumes, canelas, inciensos encendidos,
sábanas de satén rojas y suaves, manzanas mordidas con estrategia para
ser compartidas en insaciable intimidad. Pasaban rápidamente los
verdes en mil gamas diferentes representados por objetos o por
sensaciones unas tantas descriptibles y otras menos; la esperanza, la
calma de un verde valle. Los agaves con el sudor del trabajo
cultivados y con ellos los sueños del mañana, los laureles de los
emperadores, los olivos de la paz infinita, el verde de las piletas
enmohecidas en donde jugábamos los domingos. Llegó el turno de los
amarillos con los soles brillantes de mayo y las margaritas de junio,
las risas de la plaza y las luces nítidas de los cuartos por las
noches, el dorado cabello de mi hermana; los pollitos de Mariola, mi
amiga del colegio, de los sábados de catecismo (sin el padre
Benjamín), de la música en la plaza.
Bebió la última gota de el vaso. Yo había parado de temblar.
Se engulló todos objetos, recuerdos, colores, sabores, sentimientos,
deseos propios y ajenos. Enteritos, míos y de mi pueblo.
Cada vez entendía menos. ¿El color estaba dentro o fuera mío? ¿Me lo
habían robado, o era yo quién lo había entregado sin recelo alguno?
¿Me lo devolvían o tomaba lo que por derecho me correspondía?
El padre Anselmo levantó de golpe el mantel que me cubría. Siempre
supo que estaba ahí. Me extendió su mano para ayudarme a salir de mi
guarida. De golpe, bruscamente recuperé mi conciencia perdida y todo
se hizo nuevamente de color. Recobré mi arco iris personal y al mismo
tiempo el colectivo, de ello estaba segura.
Alejandra Pérez Chico.
2 comentarios:
intenso y profundo texto... me gustó esta breve historia.
No te tenía enlazada, mil perdones, me acabo de dar cuenta. Lo hago ahora mismo.
Un abrazo.
Gio.
Gio... muchas gracias por no dejar tan solito dormir a este cuento. Es un relato ya viejito, pero que quiero mucho porque guarda un misterio en su significado, que creo no supe transmitir muy bien, pero que amo profundamente.
Te mando un gran abrazo y mil gracias.
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