sábado, 10 de enero de 2009

Grises y Marrones VI

Abrí los ojos muy temprano, era domingo. Sentía una sensación de

plenitud en el estómago un tanto extraña. Como si hubiera comido todo

un banquete. Instantáneamente recordé lo que había soñado.

La paletería, que por falta de antojos tuvo que ser cerrada. Era

todo ahí tan soso y tan insípido que las ventas bajaron a cero. Pues

me encontraba yo ahí probando una y otra de las nieves, las paletas de

todos los sabores. Además de tener esa sensación de plenitud en el

estómago, sentía la misma sensación de totalidad, pero en mi cerebro,

en esa pequeñísima área que aseguran existe, la de los recuerdos. Era

como sí además de haberme zampado todas las paletas de todos los

sabores, junto con ellas me hubiera comido infinidad de momentos

vividos. Recuerdo que en mi sueño comía una paleta de zapote y

mientras la degustaba iban llegando a mi memoria imágenes de mi

abuela, martajando zapote para hacer el tan preciado pure de zapote

con naranja. Sus viejas y arrugadas manos exprimiendo las naranjas.

Cuando comí un nieve de fresa, recordé una vez que escondidos tras un

árbol de nuestro parque, espiábamos a un par de enamorados y en esto

estábamos cuando la boca de coloradita se acercó tanto a los labios

de el, que permanecimos ahí por espacio de unos 5 minutos, mientras

terminaban de compartir ese momento. Yo imaginaba, que ese beso debía

saber a fresas recién cortadas, jugosas, dulces y suaves. Probaba

todos, absolutamente todos los sabores y a cada uno correspondía un

recuerdo. Nunca lo había pensado, los colores, no solo saben, se ven,

se huelen y sobre todo se sienten.

Era tardísimo, la misa de doce seguramente ya había comenzado. Me

vestí rápidamente y salí rumbo a la Iglesia. A lo largo de mi

trayecto, mi sorpresa crecía. Por donde volteara veía color. No

completamente coloreado, pero con infinidad de puntos de luz y vida.

Por aquí una mujer con mandil a cuadros verdes, por allá un hombre de

camisa amarilla, niños con gorritas de diversos colores. Y otros

muchos, pálidos y lechosos, como era la costumbre.

Llegué justo cuando el padre Anselmo daba la bendición al pueblo

entero que se había congregado en la misa de domingo. Las dominicales,

era el evento más importante de la semana (bueno, el único). Me había

perdido de mi baño de pureza y castidad semanal. Pero bien valía la

pena, todo por descubrir de dónde venía esta paleta de colores.

Decidí espiar al padre Anselmo, yo sabía que esto me valdría en mi

próxima confesión algo así como unos 13 Aves Marías y unos cuantos

Padres Nuestro. Ni hablar.

A hurtadillas, crucé la puerta de la sacristía y me colé hasta un

pequeño cuartito, que debía fungir como oficina-biblioteca. Segura

estaba, que ahí encontraría al menos una pista de todo lo ocurrido. El

lugar, era tan quieto, pero tan quieto que parecía un sepulcro y tan

frío como debían ser nuestras últimas moradas. Cerros de libros

empolvados ocupaban los libreros, mas allá un escritorio roído y

desvencijado con un enorme sillón gris detrás de el. Cuadros viejos y

muertos carentes de color. Escuché la manija de la puerta que crujía

gritándome que alguien estaba por entrar. De un salto, atiné a meterme

bajo una mesa cubierta por un largísimo mantel. Estaba temblando.

Levanté lentamente una partecita de la tela que me cubría para lograr

ver algo. El cura Anselmo, me daba la espalda, pero segura estaba que

era el, por sus pelos crespos y parados. Se encontraba abriendo con

una llave una gaveta del librero. Aún expensas de ser descubierta, me

negué a dejar de observar. Noté, que cargaba algo entre sus manos que

debía de ser grande y pesado, porque necesitaba de ambas para moverlo.

Era algo cubierto con una finísima carpeta de crochet grisáceo. La

colocó sobre el escritorio y de un jalón le arrancó la carpetita.

El arcó iris se destapó ante mis ojos. Tuve que abrirlos y cerrarlos

un par de veces pues temía que se tratara de una alucinación. Un

gigantesca jarra de cristal que contenía todos los colores. Los más

hermosos que mis ojos recordaran de mucho tiempo. Predominaban los

azules y verdes, pasando por toda la gama de colores existentes y aún

otros que siquiera creo haber visto jamás.

Extasiada estaba cuando me regresó a la realidad el hecho que el cura

aproximó un vaso hasta el escritorio. Mi sorpresa fue mayúscula cuando

comenzó a servirse el increíble líquido. ¿Qué cosa pretendía hacer con

el? ¿No iría a bebérselo? ¿o sí?.

En cada sorbo, yo veía de manera mágica, casi prodigiosa como se iba

tragando mis recuerdos. Logré ver a “Rita”, mi rana adorada que murió

cuando se le fue su preciado color verde. Se puso tan flaca y pálida

que tan solo dos días y quedó con las patas tiesas cuando la encontré

antes de ir al colegio. Fue tanto mi sufrimiento que por poco y

amanezco tiesa yo también. También vi el vestido rosa de mi madre,

aquél que guardó con tanto afán durante años, porque decía, contenía

los ojos de mi padre; cuando por primera vez se vieron en el camino

viejo y mi padre se la comió con los ojos. Destacaba entre el grupo de

muchachas con ese vestido tan ceñido y colorido. En los siguientes

tragos aparecían infinidad de objetos llenos de tonos, unos, con

sentido para mí otros sin el. Logré observar de refilón, la boca de

fresa, la de la muchacha de la plaza, la que a besos de sabores

mantenía la intimidad con su novio. Contemplé los sueños perdidos de

Don Rómulo, llenos de dorados y oropeles y de azules acerados. En el

siguiente sorbo se filtró los sueños rojos y encendidos que había

perdido Remedios, había perfumes, canelas, inciensos encendidos,

sábanas de satén rojas y suaves, manzanas mordidas con estrategia para

ser compartidas en insaciable intimidad. Pasaban rápidamente los

verdes en mil gamas diferentes representados por objetos o por

sensaciones unas tantas descriptibles y otras menos; la esperanza, la

calma de un verde valle. Los agaves con el sudor del trabajo

cultivados y con ellos los sueños del mañana, los laureles de los

emperadores, los olivos de la paz infinita, el verde de las piletas

enmohecidas en donde jugábamos los domingos. Llegó el turno de los

amarillos con los soles brillantes de mayo y las margaritas de junio,

las risas de la plaza y las luces nítidas de los cuartos por las

noches, el dorado cabello de mi hermana; los pollitos de Mariola, mi

amiga del colegio, de los sábados de catecismo (sin el padre

Benjamín), de la música en la plaza.

Bebió la última gota de el vaso. Yo había parado de temblar.

Se engulló todos objetos, recuerdos, colores, sabores, sentimientos,

deseos propios y ajenos. Enteritos, míos y de mi pueblo.

Cada vez entendía menos. ¿El color estaba dentro o fuera mío? ¿Me lo

habían robado, o era yo quién lo había entregado sin recelo alguno?

¿Me lo devolvían o tomaba lo que por derecho me correspondía?

El padre Anselmo levantó de golpe el mantel que me cubría. Siempre

supo que estaba ahí. Me extendió su mano para ayudarme a salir de mi

guarida. De golpe, bruscamente recuperé mi conciencia perdida y todo

se hizo nuevamente de color. Recobré mi arco iris personal y al mismo

tiempo el colectivo, de ello estaba segura.

Alejandra Pérez Chico.

2 comentarios:

Giovanni-Collazos dijo...

intenso y profundo texto... me gustó esta breve historia.

No te tenía enlazada, mil perdones, me acabo de dar cuenta. Lo hago ahora mismo.

Un abrazo.

Gio.

mariposasalvuelo dijo...

Gio... muchas gracias por no dejar tan solito dormir a este cuento. Es un relato ya viejito, pero que quiero mucho porque guarda un misterio en su significado, que creo no supe transmitir muy bien, pero que amo profundamente.
Te mando un gran abrazo y mil gracias.