sábado, 10 de enero de 2009

Grises y Marrones III

Sonaron las campanas para la misa de ocho y fue lo único capaz de

moverme del letargo en el que me encontraba.

Volví a pensar en los puntos coloridos. Los localicé nuevamente y

supuse de qué puntos exactos provenían.

Retome el camino hacia el pueblo, ansiosa por descubrir el origen del

nuevo colorido.

Llegué hasta la casa de Remedios. Mujer a la que se le achacaba que

por falta de pasión en sus entrañas era incapaz de procrear un hijo.

Quince años de matrimonio con Matias, mucho amor y poco o nulo sexo.

Extraña enfermedad le aquejaba que le imposibilitaba a permitirse el

placer de ser tomada y amada por completo. Ella debió haber tenido

alrededor de diez años cuando llegó el padre Benjamín, al que ella

consideraba y llamaba tiernamente: “el purificador de almas”.

Posiblemente le había purificado tanto a ella, que lavó por completo

sus deseos.

No hubo necesidad de tocar a su puerta pues la encontré barriendo y

limpiando la entrada de su casa (algo enteramente natural en el

lugar), sin embargo sí note algo sumamente extraño; creí escuchar que

susurraba alguna canción y hasta creo saber de cual se trataba. Era

una canción que alguna vez escuché, hacía por cierto, muchísimo

tiempo. Recuerdo aún algunos trozos de la letra, que decían algo así:

“Ansiedad de tenerte en mis brazos musitando palabras de amor”. En

cuanto Remedios notó mi presencia, me invitó a pasar a su casa. Me

ofreció un riquísimo atole de guayaba y un tamal. Al sentarme en su

pequeña mesa, lo primero que noté fue un rojo encendido en el centro

del el mantel. Se trataba de un enorme clavel rojo, colocado en un

vasito de cristal. La flor, lo iluminaba todo en un tono rojizo

tirando a naranjas y rosas. ¿Sería yo la única que notaba el colorido?

Temía preguntar, pero aún así, lo hice. Remedios, ¿y esta flor?_le

pregunté. Nada, es solo un detalle que tuvo a bien el padre Anselmo

traerme hoy temprano por la mañana. Me dijo que era para alegrar mis

días_ respondió.

¿Sabría el nuevo cura que las sábana de Remedios eras marrones? ¿Y en

dónde se había visto que el lugar para amar y desear el cuerpo ajeno,

tuviera color marrón?

Bueno, yo sí lo sabia, en todas, absolutamente todas las casas de mi

pueblo. Las noches de arrobamiento, debieran contener obligatoriamente

el “brush rojo pasión”. Respirar y aspirar el tono que te da la pauta

para llegar al orgasmo, respirar una pecaminosa y rojísima

manzana y expirar un colorado clavel al haber finalizado.

Si bien se respiraba el cariño y el amor que dan los años compartidos,

también se respiraba la falta de el elemento esencial para contemplar

la total esencia de una pareja.

El sexo, imaginaba yo, debía ser como la adicción al chile o al

alcohol, que entre más lo pruebas mejor te sabe, pero a diferencia de

estos no te deja con secuelas.

Mi cabeza comenzó a trabajar a mil por hora. ¿El padre Anselmo traería

consigo el arco iris? ¿Aquél que nos fue arrebatado?. Esto sería solo

el comienzo de todo lo que vendría después.

Salí con el estomago bien preparado para continuar persiguiendo las

manchitas de color recién llegadas.

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