Sonaron las campanas para la misa de ocho y fue lo único capaz de
moverme del letargo en el que me encontraba.
Volví a pensar en los puntos coloridos. Los localicé nuevamente y
supuse de qué puntos exactos provenían.
Retome el camino hacia el pueblo, ansiosa por descubrir el origen del
nuevo colorido.
Llegué hasta la casa de Remedios. Mujer a la que se le achacaba que
por falta de pasión en sus entrañas era incapaz de procrear un hijo.
Quince años de matrimonio con Matias, mucho amor y poco o nulo sexo.
Extraña enfermedad le aquejaba que le imposibilitaba a permitirse el
placer de ser tomada y amada por completo. Ella debió haber tenido
alrededor de diez años cuando llegó el padre Benjamín, al que ella
consideraba y llamaba tiernamente: “el purificador de almas”.
Posiblemente le había purificado tanto a ella, que lavó por completo
sus deseos.
No hubo necesidad de tocar a su puerta pues la encontré barriendo y
limpiando la entrada de su casa (algo enteramente natural en el
lugar), sin embargo sí note algo sumamente extraño; creí escuchar que
susurraba alguna canción y hasta creo saber de cual se trataba. Era
una canción que alguna vez escuché, hacía por cierto, muchísimo
tiempo. Recuerdo aún algunos trozos de la letra, que decían algo así:
“Ansiedad de tenerte en mis brazos musitando palabras de amor”. En
cuanto Remedios notó mi presencia, me invitó a pasar a su casa. Me
ofreció un riquísimo atole de guayaba y un tamal. Al sentarme en su
pequeña mesa, lo primero que noté fue un rojo encendido en el centro
del el mantel. Se trataba de un enorme clavel rojo, colocado en un
vasito de cristal. La flor, lo iluminaba todo en un tono rojizo
tirando a naranjas y rosas. ¿Sería yo la única que notaba el colorido?
Temía preguntar, pero aún así, lo hice. Remedios, ¿y esta flor?_le
pregunté. Nada, es solo un detalle que tuvo a bien el padre Anselmo
traerme hoy temprano por la mañana. Me dijo que era para alegrar mis
días_ respondió.
¿Sabría el nuevo cura que las sábana de Remedios eras marrones? ¿Y en
dónde se había visto que el lugar para amar y desear el cuerpo ajeno,
tuviera color marrón?
Bueno, yo sí lo sabia, en todas, absolutamente todas las casas de mi
pueblo. Las noches de arrobamiento, debieran contener obligatoriamente
el “brush rojo pasión”. Respirar y aspirar el tono que te da la pauta
para llegar al orgasmo, respirar una pecaminosa y rojísima
manzana y expirar un colorado clavel al haber finalizado.
Si bien se respiraba el cariño y el amor que dan los años compartidos,
también se respiraba la falta de el elemento esencial para contemplar
la total esencia de una pareja.
El sexo, imaginaba yo, debía ser como la adicción al chile o al
alcohol, que entre más lo pruebas mejor te sabe, pero a diferencia de
estos no te deja con secuelas.
Mi cabeza comenzó a trabajar a mil por hora. ¿El padre Anselmo traería
consigo el arco iris? ¿Aquél que nos fue arrebatado?. Esto sería solo
el comienzo de todo lo que vendría después.
Salí con el estomago bien preparado para continuar persiguiendo las
manchitas de color recién llegadas.
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