El pásale mija de Bertha, la mujer de Don Rómulo, por poco y me
provoca un infarto. Me negué a hacerlo, arguyendo que debía regresar a
casa, aún cuando sabía que lo que me motivaba a quedarme afuera, eran
ese par de aceros azules que no dejaban de mirarme. _ Buenos días
Rómulo_ le dije muy cerquita al oído. Bertha, me dijo: _ No te afanes
mija, ya no oye. Solo ve, y encima solo ve, lo que sus ojos quieren.
Hoy por ejemplo, me ha dicho que todo está azul. Imagínate, además de
sordo ahora ya está loco. Yo no dejaba de sorprenderme, tan loco el,
como yo, que veía sus ojos tan azules como la última vez que mis ojos
alcanzaron el cielo justo antes de higienizar mi escuela. Continuó
hablando rápidamente Bertha: _ con decirte, que pedí al nuevo cura que
viniera a verlo…solo por prevenir. Se me hace que la muerte ronda por
mi casa. Y en cuanto entró el Padre Anselmo por la puerta, todo fue
peor, mucho peor. Rómulo comenzó a gritar que todo era azul. Y después
de ese comentario, no ha vuelto abrir la boca, ni siquiera para
pedirme a gritos como siempre, que le prepare su té de Tila. Esto es
realmente preocupante. Se paró de la cama y se vino a sentar a su
silla maltrecha de siempre, pero con la diferencia, que hoy esboza una
sonrisa. La misma que hace más de cuarenta años, no le veía reflejada
en el rostro. _ No se preocupe Doña, luce tan, pero tan sereno, que
sea lo que sea que esté por venir, seguramente será bueno. Le dije yo,
tratando de sonar normalita. La Doña regresó a su casa y yo me quedé
solo unos instantes más para despedirme de Rómulo. Le estaba dando la
espalda para continuar mi paso, cuando escuché por primera vez, desde
hace mucho el color de las palabras. _ Tú también ves el azul,
chiquita linda!. Un balde de agua fría me cayó encima. Sentí la
certeza, la seguridad, la ternura resumida en esa frase. Solo voltee
para sonreír seguí mis propios pasos.
De camino en mi búsqueda de los verdes, me apareció el amarillo.
Muchos, muchísimos amarillos. Provenían de la escuela. Pude escuchar
el amarillo, unas veces en sonoras carcajadas, otras en dulces y
tiernas melodías y otras tantas supuse que venían del fondo de decenas
de corazones que ahí se encontraban. Era una onda de color tan fuerte
y con tanta energía, que cuando reían yo lo hacía, cuando cantaban yo
tarareaba y mi corazón latía acompasada y rítmicamente en tonos
amarillos.
De repente, llegaron a mi mente algo que vi, viví y escuché. La
famosísima frase de Echeverría: “Porque no somos ni de derecha, ni de
izquierda, sino todo lo contrario”. Exactamente así era yo y mi
pueblo. Mi personalidad y la de mis coterráneos. Nuestras conciencias,
no eran ni blancas, ni negras, sino grises. Me imagino, que de ese
tono debe de haber sido el iceberg con el que chocó el Titánic, por
ello fueron incapaces de apreciarlo, de distinguirlo. Nos habíamos
convertido en icebergs terrestres con incapacidad de notarnos unos a
otros, de sentirnos, de escucharnos y de vernos. Nulificados para
decidir nuestros colores y matices. Que triste caso. Pero bueno,
cuando menos yo sentía lástima de mí misma y del resto. Sería tal vez
el único color que aún permanecía en mí. Y si hubiera que verlo, sería
el morado. Sí, como el de la flor esa, popularmente conocido como:
violeta. Pobre flor. Se pintó de morado intentando dejar fuera de la
competencia a otras flores. Sintió tanta pena por ella, que quiso ser
distinta y solo consiguió perderse entre el colorido del jardín o en
el mejor de los casos, ser tomada en cuenta, para servir por sus
propiedades curativas en algún té cancerígeno.
Llegué hasta donde desde “el conde”, había logrado divisar los verdes.
Eran tantos y de dimensiones tan variadas que tuve que elegir a cuál
de todos dirigirme. Decidí el de la casa de los Retana. Un matrimonio
antiguo para cuyo infortunio de los ocho hijos que habían procreado,
solo uno de ellos les había salido “trabajador e independiente”, los
otros eran solo unos mantenidos, que seguían viviendo a su sombra pese
a su muy ya pasada y rebasada mayoría de edad. Hombres y mujeres por
igual, vivían cobijados por un halo de conformismo inusitado. Y decir
esto, era decir demasiado porque esta aura conformismo estaba adherida
a la piel de cada uno de los habitantes. Marcos había escapado
milagrosamente a este mal, cuando el hermano de su madre, un hombre
ciego y enfermo se vió en la necesidad de llevarlo consigo para que
cuidara de él. El tío, era un hombre privado de la vista, pero no a
tal grado como para no notar la falta de apetitos, motivos, pasiones,
deseos, sueños y mil cosas más, de las que carecía este límpido e
inusitadamente higienizado pueblo. Lo llevó consigo a la capital, en
donde además de cuidarle estudiaba medicina. En balde trató este
incipiente médico durante todas sus vacaciones de juventud, curar la
enfermedad que padecíamos. Buscaba pócimas y curas, que nunca encontró
hasta que se dio por vencido y tomo su propio rumbo, lleno de lienzos
de colores, convirtiéndose en un magnifico pintor de su propio
destino. Coloreo su vida y las ajenas fuera de su pueblo. Fundó
clínicas para la ceguera a lo largo y ancho de todo el país con las
curas milagrosas que inventó y con la que curo a cientos o tal vez
miles de invidentes. Menos claro, a quienes él más amaba. Esa era la
paradoja o más bien la “parajoda” de aquél invidente. Le llenó los
ojos de color a quién sí podía ver. Era raro, ¿sería que los empeñados
en no ver con claridad eramos nosotros? O bien, ¿eran solo nuestros
ojos los empeñados en ser ciegos?.
El resto de los hijos del matrimonio Retana, se dedicaban a “estar”
sin “ser”, incluso Marina, la mujer más bella que había visto nacer
aquellas calles inmaculadas. Era blanca como la nieve, hermosos y
enormes ojos obscuros y una boca rojísima como manzana de verano. Y
sin saber cómo ni cuando, toda esa beldad se fue descoloriendo de
apoco, hasta que antaño, boca de fruta, se convirtió en un pálido
esbozo de simple mueca. Cuando asomé mi rostro por la ventana, lo
primero que noté fue a Marina, usando un vestido verde perico, con el
cual se calcaba su figura femenina. Y por primera vez sentí envidia.
Su cara, era como una fotografía de su niñez en donde sus ojos y su
boca se comían el panorama. Danzaba con tono y con ritmo. A unos pasos
suyos se encontraba Juan, el mayor, y también usaba una camisa verde
encendido, leía de tal modo, que parecía se lo comería de una hojeada.
Pasaba hoja tras hoja, a una velocidad increíble. Como si quisiera
recuperar todas las horas de ocio vividas. Contemplé más verde, aunque
noté que no era en todos. Aún deambulaban por la casa unos grises y
marrones. Esto sí que era extraño. “De tín marín, de dó pingüe, cucara
macara, títere fue”. Supongo que eso habían hecho los puntitos de
color, para decidir sobre quien se colocaban. ¿ O cuál sería su lógica
medio ilógica para seleccionar sus recipientes?. Escuché voces, y
entre ellas, la de alguien que no lograba acomodar. Se hicieron más
fuerte los sonidos y por fin logré contemplar al emisor de aquél
sonido. Era el padre Anselmo.
Un hombre joven, de cabellos crespos, si le hubiera lanzado un puñado
de chaquiras, seguro y se le hubiesen ensartado un buen puñado. Sus
ojos verdes brillaban y lucían como ningún verde he conocido hasta el
momento, comparables con nada, ni con mis sueños más coloridos. Claro,
me refiero a los sueños de mi niñez, porque hasta ahí había llegado la
peste de la epidemia incolora. Ahora solíamos soñar en blanco y negro,
y eso cuando lográbamos atrapar algún sueño. Yo creo que la memoria
debe ser recolorida porque yo ya había notado que hasta mis recuerdos
perdieron sus tonos originales, para con ello regalarme una especie de
película de los veintes, de esas que seguramente se mostraron por
primera vez en París con los hermanos Lumiere.
Que presencia más llena de vida. El padre Anselmo, se encaminó hasta
la puerta donde era despedido por la gran mayoría de la familia
Retana. Lo hacían de singular manera, llena de amabilidad y camarería,
como si lo conociesen de toda su vida.
Comenzaron a tocar nuevamente las campanas de la iglesia. ¿ Cómo era
posible? ¿ Misa de siete de la tarde? El tiempo había corrido, mucho
más rápido que cualquier otro día. Y yo, aquí. Tendría que volver a
casa, mi madre seguramente estaría preocupada por mi ausencia.
El misterio tendría que esperar a ser resuelto, pues mi conciencia
inmaculada me llamaba. Debía presentarme a mi hogar, atender a mi
madre, a mi hermana y a sus gatos.
Llegue a casa, pasadas las ocho. Preparé algo ligero de cenar para las
tres y obviamente para los tres gatos. La cena, transcurrió como cada
noche, desde hacía 40 años. El silencio, las palabras cortadas, la
ventana que golpea contra la madera roída y el ruido del cristal de
vez en cuando. Alguna frase suelta de: _ te quedó muy bien el atole. O
quizás _ ahora no están tan buenas las conchas. La cara de Cristina,
cada vez se encontraba más deformada por su enfermedad. Si yo la
hubiera escuchado ese día a tiempo para ser rescatada de esas sucias
aguas. Si no hubiera pasado tanto tiempo inmersa dentro de esa noria,
tal vez y solo tal vez …ella no estaría en ese estado.
Daba tumbos en la cama, no podía conciliar el sueño. Cerraba los ojos
y solo atinaba en medio de lo oscuro de mi cerebro a ver manchitas
verdes, rojas, amarillas y azules. Unas veces con formas y otras si
ella. Se trasformaban en verdísimos agaves como los que se sembraran
hace mucho tiempo aquí en pueblo y de los que se obtenía el más
riquísimo tequila de los altos. Otras veces aparecían los rojos de los
carbones quemados, encendidos y chispeantes de los que se desprendían
olores deliciosos a venado a asado o a tortilla quemada. Los
amarillos, tirando a naranjas, de deliciosos mangos con chile y limón.
Y finalmente los azules, convertidos en la fuente de la plaza o el
azul de las tardes, limpio y tan azul igualito a cuando jugábamos en
la calle al avión o a la cuerda.
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