sábado, 10 de enero de 2009

Grises y Marrones V

El pásale mija de Bertha, la mujer de Don Rómulo, por poco y me

provoca un infarto. Me negué a hacerlo, arguyendo que debía regresar a

casa, aún cuando sabía que lo que me motivaba a quedarme afuera, eran

ese par de aceros azules que no dejaban de mirarme. _ Buenos días

Rómulo_ le dije muy cerquita al oído. Bertha, me dijo: _ No te afanes

mija, ya no oye. Solo ve, y encima solo ve, lo que sus ojos quieren.

Hoy por ejemplo, me ha dicho que todo está azul. Imagínate, además de

sordo ahora ya está loco. Yo no dejaba de sorprenderme, tan loco el,

como yo, que veía sus ojos tan azules como la última vez que mis ojos

alcanzaron el cielo justo antes de higienizar mi escuela. Continuó

hablando rápidamente Bertha: _ con decirte, que pedí al nuevo cura que

viniera a verlo…solo por prevenir. Se me hace que la muerte ronda por

mi casa. Y en cuanto entró el Padre Anselmo por la puerta, todo fue

peor, mucho peor. Rómulo comenzó a gritar que todo era azul. Y después

de ese comentario, no ha vuelto abrir la boca, ni siquiera para

pedirme a gritos como siempre, que le prepare su té de Tila. Esto es

realmente preocupante. Se paró de la cama y se vino a sentar a su

silla maltrecha de siempre, pero con la diferencia, que hoy esboza una

sonrisa. La misma que hace más de cuarenta años, no le veía reflejada

en el rostro. _ No se preocupe Doña, luce tan, pero tan sereno, que

sea lo que sea que esté por venir, seguramente será bueno. Le dije yo,

tratando de sonar normalita. La Doña regresó a su casa y yo me quedé

solo unos instantes más para despedirme de Rómulo. Le estaba dando la

espalda para continuar mi paso, cuando escuché por primera vez, desde

hace mucho el color de las palabras. _ Tú también ves el azul,

chiquita linda!. Un balde de agua fría me cayó encima. Sentí la

certeza, la seguridad, la ternura resumida en esa frase. Solo voltee

para sonreír seguí mis propios pasos.

De camino en mi búsqueda de los verdes, me apareció el amarillo.

Muchos, muchísimos amarillos. Provenían de la escuela. Pude escuchar

el amarillo, unas veces en sonoras carcajadas, otras en dulces y

tiernas melodías y otras tantas supuse que venían del fondo de decenas

de corazones que ahí se encontraban. Era una onda de color tan fuerte

y con tanta energía, que cuando reían yo lo hacía, cuando cantaban yo

tarareaba y mi corazón latía acompasada y rítmicamente en tonos

amarillos.

De repente, llegaron a mi mente algo que vi, viví y escuché. La

famosísima frase de Echeverría: “Porque no somos ni de derecha, ni de

izquierda, sino todo lo contrario”. Exactamente así era yo y mi

pueblo. Mi personalidad y la de mis coterráneos. Nuestras conciencias,

no eran ni blancas, ni negras, sino grises. Me imagino, que de ese

tono debe de haber sido el iceberg con el que chocó el Titánic, por

ello fueron incapaces de apreciarlo, de distinguirlo. Nos habíamos

convertido en icebergs terrestres con incapacidad de notarnos unos a

otros, de sentirnos, de escucharnos y de vernos. Nulificados para

decidir nuestros colores y matices. Que triste caso. Pero bueno,

cuando menos yo sentía lástima de mí misma y del resto. Sería tal vez

el único color que aún permanecía en mí. Y si hubiera que verlo, sería

el morado. Sí, como el de la flor esa, popularmente conocido como:

violeta. Pobre flor. Se pintó de morado intentando dejar fuera de la

competencia a otras flores. Sintió tanta pena por ella, que quiso ser

distinta y solo consiguió perderse entre el colorido del jardín o en

el mejor de los casos, ser tomada en cuenta, para servir por sus

propiedades curativas en algún té cancerígeno.

Llegué hasta donde desde “el conde”, había logrado divisar los verdes.

Eran tantos y de dimensiones tan variadas que tuve que elegir a cuál

de todos dirigirme. Decidí el de la casa de los Retana. Un matrimonio

antiguo para cuyo infortunio de los ocho hijos que habían procreado,

solo uno de ellos les había salido “trabajador e independiente”, los

otros eran solo unos mantenidos, que seguían viviendo a su sombra pese

a su muy ya pasada y rebasada mayoría de edad. Hombres y mujeres por

igual, vivían cobijados por un halo de conformismo inusitado. Y decir

esto, era decir demasiado porque esta aura conformismo estaba adherida

a la piel de cada uno de los habitantes. Marcos había escapado

milagrosamente a este mal, cuando el hermano de su madre, un hombre

ciego y enfermo se vió en la necesidad de llevarlo consigo para que

cuidara de él. El tío, era un hombre privado de la vista, pero no a

tal grado como para no notar la falta de apetitos, motivos, pasiones,

deseos, sueños y mil cosas más, de las que carecía este límpido e

inusitadamente higienizado pueblo. Lo llevó consigo a la capital, en

donde además de cuidarle estudiaba medicina. En balde trató este

incipiente médico durante todas sus vacaciones de juventud, curar la

enfermedad que padecíamos. Buscaba pócimas y curas, que nunca encontró

hasta que se dio por vencido y tomo su propio rumbo, lleno de lienzos

de colores, convirtiéndose en un magnifico pintor de su propio

destino. Coloreo su vida y las ajenas fuera de su pueblo. Fundó

clínicas para la ceguera a lo largo y ancho de todo el país con las

curas milagrosas que inventó y con la que curo a cientos o tal vez

miles de invidentes. Menos claro, a quienes él más amaba. Esa era la

paradoja o más bien la “parajoda” de aquél invidente. Le llenó los

ojos de color a quién sí podía ver. Era raro, ¿sería que los empeñados

en no ver con claridad eramos nosotros? O bien, ¿eran solo nuestros

ojos los empeñados en ser ciegos?.

El resto de los hijos del matrimonio Retana, se dedicaban a “estar”

sin “ser”, incluso Marina, la mujer más bella que había visto nacer

aquellas calles inmaculadas. Era blanca como la nieve, hermosos y

enormes ojos obscuros y una boca rojísima como manzana de verano. Y

sin saber cómo ni cuando, toda esa beldad se fue descoloriendo de

apoco, hasta que antaño, boca de fruta, se convirtió en un pálido

esbozo de simple mueca. Cuando asomé mi rostro por la ventana, lo

primero que noté fue a Marina, usando un vestido verde perico, con el

cual se calcaba su figura femenina. Y por primera vez sentí envidia.

Su cara, era como una fotografía de su niñez en donde sus ojos y su

boca se comían el panorama. Danzaba con tono y con ritmo. A unos pasos

suyos se encontraba Juan, el mayor, y también usaba una camisa verde

encendido, leía de tal modo, que parecía se lo comería de una hojeada.

Pasaba hoja tras hoja, a una velocidad increíble. Como si quisiera

recuperar todas las horas de ocio vividas. Contemplé más verde, aunque

noté que no era en todos. Aún deambulaban por la casa unos grises y

marrones. Esto sí que era extraño. “De tín marín, de dó pingüe, cucara

macara, títere fue”. Supongo que eso habían hecho los puntitos de

color, para decidir sobre quien se colocaban. ¿ O cuál sería su lógica

medio ilógica para seleccionar sus recipientes?. Escuché voces, y

entre ellas, la de alguien que no lograba acomodar. Se hicieron más

fuerte los sonidos y por fin logré contemplar al emisor de aquél

sonido. Era el padre Anselmo.

Un hombre joven, de cabellos crespos, si le hubiera lanzado un puñado

de chaquiras, seguro y se le hubiesen ensartado un buen puñado. Sus

ojos verdes brillaban y lucían como ningún verde he conocido hasta el

momento, comparables con nada, ni con mis sueños más coloridos. Claro,

me refiero a los sueños de mi niñez, porque hasta ahí había llegado la

peste de la epidemia incolora. Ahora solíamos soñar en blanco y negro,

y eso cuando lográbamos atrapar algún sueño. Yo creo que la memoria

debe ser recolorida porque yo ya había notado que hasta mis recuerdos

perdieron sus tonos originales, para con ello regalarme una especie de

película de los veintes, de esas que seguramente se mostraron por

primera vez en París con los hermanos Lumiere.

Que presencia más llena de vida. El padre Anselmo, se encaminó hasta

la puerta donde era despedido por la gran mayoría de la familia

Retana. Lo hacían de singular manera, llena de amabilidad y camarería,

como si lo conociesen de toda su vida.

Comenzaron a tocar nuevamente las campanas de la iglesia. ¿ Cómo era

posible? ¿ Misa de siete de la tarde? El tiempo había corrido, mucho

más rápido que cualquier otro día. Y yo, aquí. Tendría que volver a

casa, mi madre seguramente estaría preocupada por mi ausencia.

El misterio tendría que esperar a ser resuelto, pues mi conciencia

inmaculada me llamaba. Debía presentarme a mi hogar, atender a mi

madre, a mi hermana y a sus gatos.

Llegue a casa, pasadas las ocho. Preparé algo ligero de cenar para las

tres y obviamente para los tres gatos. La cena, transcurrió como cada

noche, desde hacía 40 años. El silencio, las palabras cortadas, la

ventana que golpea contra la madera roída y el ruido del cristal de

vez en cuando. Alguna frase suelta de: _ te quedó muy bien el atole. O

quizás _ ahora no están tan buenas las conchas. La cara de Cristina,

cada vez se encontraba más deformada por su enfermedad. Si yo la

hubiera escuchado ese día a tiempo para ser rescatada de esas sucias

aguas. Si no hubiera pasado tanto tiempo inmersa dentro de esa noria,

tal vez y solo tal vez …ella no estaría en ese estado.

Daba tumbos en la cama, no podía conciliar el sueño. Cerraba los ojos

y solo atinaba en medio de lo oscuro de mi cerebro a ver manchitas

verdes, rojas, amarillas y azules. Unas veces con formas y otras si

ella. Se trasformaban en verdísimos agaves como los que se sembraran

hace mucho tiempo aquí en pueblo y de los que se obtenía el más

riquísimo tequila de los altos. Otras veces aparecían los rojos de los

carbones quemados, encendidos y chispeantes de los que se desprendían

olores deliciosos a venado a asado o a tortilla quemada. Los

amarillos, tirando a naranjas, de deliciosos mangos con chile y limón.

Y finalmente los azules, convertidos en la fuente de la plaza o el

azul de las tardes, limpio y tan azul igualito a cuando jugábamos en

la calle al avión o a la cuerda.

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